La puerta se cerró con un ligero chasquido, suave, casi imperceptible. Pero para Lorenzo, aquel sonido resonó como un trueno contenido dentro del pecho.
Isabella se había ido. Y él… seguía allí, inmóvil. Los dedos aún presionando el borde frío del lavabo, como si aquella superficie dura pudiera impedir que algo dentro de él se rompiera por completo. El corazón le golpeaba fuerte, descompasado, el cuerpo intentando compensar años de silencios, de control, de negación. Miró la silla donde ella había estado segundos antes. El vaso de jugo, todavía húmedo, había dejado una marca sobre el mármol, una gota solitaria resbalando, como si quisiera quedarse allí, recordando que ella había existido en ese espacio.
Ella vive en todos los espacios. En la biblioteca, donde el roce de su piel aún ardía en la memoria.
En los pasillos, donde él contenía la respiración para no mirarla. En los gestos suaves con Aurora, en su voz firme y dulce. En esos ojos que parecían ver más allá de las palabras, más