La madrugada parecía viva. El silencio ya no era alivio, sino un enemigo. Lorenzo cruzaba el pasillo oscuro de la mansión como un fantasma, con pasos firmes, la mandíbula tensa y la mirada encendida de cólera. El contacto con la manija de hierro era gélido, pero su piel ardía como si la fiebre le recorriera las venas.
Abrió la puerta principal con fuerza, sin importarle el ruido. Necesitaba salir de allí. Necesitaba alejarse de ella.
—Maldita seas… —murmuró entre dientes mientras atravesaba el