La madrugada parecía viva. El silencio ya no era alivio, sino un enemigo. Lorenzo cruzaba el pasillo oscuro de la mansión como un fantasma, con pasos firmes, la mandíbula tensa y la mirada encendida de cólera. El contacto con la manija de hierro era gélido, pero su piel ardía como si la fiebre le recorriera las venas.
Abrió la puerta principal con fuerza, sin importarle el ruido. Necesitaba salir de allí. Necesitaba alejarse de ella.
—Maldita seas… —murmuró entre dientes mientras atravesaba el jardín, el viento golpeándole el rostro y despeinando el cabello aún húmedo por el baño que se había dado, en la inútil esperanza de borrar de su piel el olor de ella.
Isabella.
La había evitado durante días. Había pasado junto a ella en el pasillo sin mirarla. Ignorado los buenos días, las sonrisas, el brillo en los ojos que ella intentaba ocultar. Había actuado como un extraño en su propia casa: encerrado en la biblioteca, en reuniones interminables, fingiendo tener más trabajo del que realmen