Habían pasado ya cuatro días desde aquella tarde en el cuarto de Aurora. Cuatro días desde que Isabella sintió los brazos de Lorenzo rodeando su cuerpo, el calor de aquel contacto que parecía querer protegerla de todos los vientos del mundo. Cuatro días desde que, por un instante raro e inexplicable, los ojos de él se encontraron con los suyos sin barreras, sin esa coraza hecha de arrogancia y distancia, reflejando una intensidad cruda y feroz, como si él pudiera ver cada centímetro de su alma y no tuviera miedo de sumergirse en ella.
Y aun así… desde entonces, él la ignoraba por completo.
Como si nada hubiera pasado. Como si aquel momento entre ellos no hubiera sido real. Como si ella lo hubiera soñado todo.
Lorenzo caminaba por la casa como una sombra. Pasaba junto a Isabella en los pasillos como si ella estuviera hecha de aire, invisible, sin peso, sin voz. Ya no había miradas furtivas, ni preguntas sobre Aurora, ni silencios llenos de significado. Solo había ausencia. Fría. Consta