Los días seguían pasando, arrastrándose como hojas presas en el viento, sin una dirección exacta. No había discusiones abiertas, ni palabras exaltadas, ni tampoco declaraciones que pudieran desgarrar el silencio denso que se había instalado entre ellos.
Pero algo había cambiado. No se trataba de gestos evidentes ni de alteraciones ruidosas: era algo sutil, como el pliegue de un lino antiguo que, aún después de lavado y estirado, conserva para siempre la marca de lo que un día fue. La relación entre Lorenzo e Isabella estaba marcada por ese pliegue. Invisible, pero imborrable.
Aurora, en cambio, florecía como un pequeño árbol en primavera. Sus risas volvían a llenar la casa, y ahora le gustaba pasar las tardes en el jardín, con las rodillas manchadas de tierra y las puntas de los dedos coloreadas de pintura. Le pedía a Isabella que le contara historias mientras dibujaba: historias sobre reinos flotantes, barcos hechos de nubes, princesas valientes que cruzaban desiertos en busca de sí