Los días seguían pasando, arrastrándose como hojas presas en el viento, sin una dirección exacta. No había discusiones abiertas, ni palabras exaltadas, ni tampoco declaraciones que pudieran desgarrar el silencio denso que se había instalado entre ellos.
Pero algo había cambiado. No se trataba de gestos evidentes ni de alteraciones ruidosas: era algo sutil, como el pliegue de un lino antiguo que, aún después de lavado y estirado, conserva para siempre la marca de lo que un día fue. La relación e