La mansión estaba sumida en el más absoluto silencio. Afuera, el viento mecía suavemente los árboles del jardín, y las ramas proyectaban sombras largas y retorcidas por las ventanas del segundo piso. En el interior, solo el tic-tac constante del reloj del salón resonaba como un recordatorio cruel de que el tiempo seguía su curso, incluso cuando el corazón insistía en quedarse atrapado en el pasado.
Lorenzo subía las escaleras despacio, con el blazer colgando del antebrazo, los pasos pesados, como si en cada peldaño cargara más peso que en el anterior. El sonido de las risas de Aurora con Isabella aún danzaba en sus oídos, como una melodía suave que, por algún motivo, seguía tocándole más de lo que debería.
Esa tarde, al ver a Isabella con los ojos vendados tropezar y caer directamente en sus brazos, el mundo pareció detenerse por unos segundos. El perfume dulce de su cabello, el calor del cuerpo rozando el suyo… la mirada asombrada y fascinada que ella le lanzó al quitarse la venda y