La mansión estaba sumida en el más absoluto silencio. Afuera, el viento mecía suavemente los árboles del jardín, y las ramas proyectaban sombras largas y retorcidas por las ventanas del segundo piso. En el interior, solo el tic-tac constante del reloj del salón resonaba como un recordatorio cruel de que el tiempo seguía su curso, incluso cuando el corazón insistía en quedarse atrapado en el pasado.
Lorenzo subía las escaleras despacio, con el blazer colgando del antebrazo, los pasos pesados, co