Lorenzo Velardi
El agua caía por mi espalda con la fuerza de una catarata, como si quisiera arrancar de la piel el resto de fiebre que aún palpitaba bajo los músculos. Endurecía, resbalaba, se enfriaba... pero no se llevaba nada. El deseo seguía en mí, pegado a la carne, atrapado en la memoria de mi propio gemido. Isabella… maldita Isabella.
Cerré los ojos, intentando concentrarme en el sonido del agua. Pero bastaba con la cortina de vapor para que todo se proyectara ante mí con una nitidez cru