Lorenzo Velardi
El suave clic de la puerta cerrándose detrás de Isabella y Aurora podría haber pasado desapercibido para cualquiera. Pero no para mí. Para mí, sonó como un estruendo ahogado, como una sentencia final. Me quedé, inmóvil, como si el simple roce de la madera contra el marco tuviera el poder de paralizarme por completo. El silencio que siguió fue ensordecedor, cargado de todo lo que yo quería ignorar.
Mis manos estaban sobre el escritorio, rígidas. En la palma aún quedaba el calor