Isabella despertó antes de que el sonido del despertador pudiera llenar la habitación con su timbre metálico.
Sus ojos se abrieron lentamente, aún nublados por los restos del sueño que la había acompañado durante toda la madrugada. Un sueño que no había sido leve ni fugaz. Era de esos que dejan marcas. Que se clavan bajo la piel como fuego.
Su pecho subía y bajaba con fuerza, como si acabara de emerger del fondo del agua. Sus muslos, aún tensos, delataban el estado en el que había despertado: t