La tormenta no daba tregua.
El agua caía con una furia casi divina. La lluvia golpeaba el parabrisas con la violencia de mil verdades que no quiero enfrentar. Era intensa, implacable, casi punitiva. El tipo de lluvia que parece querer arrancarte de la piel —y del alma— todo lo que ya no sirve. Pero ni toda agua, ni siquiera un diluvio, lograrían purificarme de la única cosa que me consume por dentro: Isabella Fernandes.
Mis dedos se aferraban al volante con tanta fuerza que los nudillos se pusi