Isabella Fernandes
La mansión de los Vellardi se sumergía en un silencio casi sobrenatural después del atardecer. Cada piedra, cada pintura antigua en las paredes, cada pliegue de las pesadas cortinas guardara los secretos de la noche y se negara a revelarlos. El aire se volvía más espeso a medida que las horas avanzaban, y el sonido más leve resonaba demasiado alto, como si profanar aquel silencio fuera un crimen. Esa casa, con sus largos pasillos y su iluminación tenue, recordaba a los castil