La mansión de los Vellardi reposaba bajo la penumbra de la noche, pero en su interior ardía un infierno silencioso. Lorenzo permanecía inmóvil frente a la chimenea, mientras el fuego chispeaba en tímidas llamaradas, incapaz de rivalizar con lo que ardía dentro de él. El pecho se alzaba con dificultad, las manos estaban cerradas en puños. La camisa, entreabierta, delataba la piel caliente, húmeda, marcada por los rastros del recuerdo más maldito… y más deseado de todos.
Isabella.
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