El final de la tarde teñía el cielo de tonos rosados y dorados, filtrándose a través de las cortinas claras del cuarto que Isabella ocupaba en la hacienda de Dona Flora. Estaba de pie frente al gran espejo, con las manos apoyadas delicadamente sobre el vientre ya redondeado de seis meses, observándose con una mezcla de emoción e incredulidad. El vestido de novia, un modelo ligero, de encaje delicado y caída fluida, se amoldaba perfectamente a su cuerpo, realzando la nueva curva que albergaba al bebé.
A su lado, Antonella acomodaba el velo con manos cuidadosas, los ojos llenos de lágrimas.
—Está tan hermosa… —murmuró, con la voz quebrada—. Y radiante… igual que el día en que me casé con el padre de Lorenzo.
Giulia, inclinada sobre el largo de la falda, dio el último retoque a los detalles de encaje, mientras Beatriz, sonriente, ajustaba un pequeño arreglo de flores blancas en el cabello de su prima.
—Si Lorenzo te ve así antes de tiempo, se desmaya —bromeó Beatriz, arrancando risas de