La casa estaba en silencio. Marta ya se había ido a dormir. Isabella y Aurora, allá arriba, parecían haber encontrado la paz en el dormitorio. Pero Antonela, sin embargo, no lograba aquietarse.
Sentada al borde de la cama, con el teléfono fijo en la mano, dudó unos segundos. Pasó los dedos por el pelo, miró al techo, respiró hondo. Sabía que a él no le gustaban las llamadas fuera de hora. También sabía que probablemente contestaría con irritación.
Pero tenía que llamar. Tenía que contárselo.
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