Lorenzo Velardi
El sonido de la puerta del ascensor cerrándose a mis espaldas resonó como una advertencia ahogada. Molesto, aflojé la corbata mientras cruzaba el pasillo de la empresa, ignorando cualquier mirada que se cruzara en mi camino. La mandíbula me dolía de tanto apretarla.
¿Cómo se atrevió?
Le dije que no saliera. Di una orden clara, directa. Y aun así, me desobedeció. Salió con mi hija, sin seguridad, sin chofer, como si no existieran consecuencias.
Apreté la llave del coche con tanta