La habitación estaba envuelta en una penumbra suave, casi mágica. La lámpara del velador, en un rincón, derramaba un resplandor tibio y dorado que pintaba sombras delicadas sobre las paredes rosadas. Los juguetes reposaban inmóviles en los estantes, como si respetaran el silencio reverente de aquel atardecer que se transformaba lentamente en noche, una noche que parecía haberse detenido en el tiempo para albergar el momento más precioso de todos.
Isabella estaba sentada en la cama, recostada co