El atardecer se filtraba por los ventanales de la mansión Winchester, tiñendo los pasillos de un tono dorado y melancólico. Denisse había pasado buena parte del día organizando los cuadernos y juguetes de Fred en la sala de estudio. El niño dormía la siesta y, por primera vez en semanas, la casa estaba en silencio. Un silencio tan profundo que casi podía escuchar el eco de sus propios pensamientos.
Mientras buscaba una carpeta entre los estantes, su mirada se detuvo en una puerta entreabierta.