Denisse la vio apenas cruzó la puerta.
Helena estaba hermosa.
No de una forma dulce ni amable, sino imponente. Su porte era perfecto, su postura recta, el cabello arreglado con una precisión casi cruel. Vestía como alguien que sabía exactamente quién era y el poder que tenía al entrar en una habitación. No necesitaba alzar la voz para dominar el espacio; su sola presencia lo hacía.
Denisse lo supo de inmediato.
Helena estaba molesta.
—Así que… aquí estás —dijo Helena, cerrando la puerta tras de