Denisse la vio apenas cruzó la puerta.
Helena estaba hermosa.
No de una forma dulce ni amable, sino imponente. Su porte era perfecto, su postura recta, el cabello arreglado con una precisión casi cruel. Vestía como alguien que sabía exactamente quién era y el poder que tenía al entrar en una habitación. No necesitaba alzar la voz para dominar el espacio; su sola presencia lo hacía.
Denisse lo supo de inmediato.
Helena estaba molesta.
—Así que… aquí estás —dijo Helena, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave pero definitivo.
Denisse se levantó de su asiento casi por reflejo. Sintió el nudo en el estómago, esa sensación incómoda que le advertía que nada de lo que dijera sería suficiente.
—Helena… —comenzó—. Yo…
—No —la interrumpió ella, avanzando un paso—. No empieces. No quiero tus explicaciones, ni tus excusas, ni esa cara de falsa compasión que has perfeccionado tan bien.
Las palabras fueron como bofetadas. Denisse apretó las manos frente a ella, conteniéndose.
—Lo siento —di