La pregunta de Noah quedó suspendida en el aire.
Denisse no respondió.
No porque no quisiera, sino porque abrir esa puerta significaba volver a un lugar del que había aprendido a huir incluso en sus propios pensamientos. Durante años había construido capas y capas de silencio alrededor de su infancia, como si al ignorarla pudiera borrar lo que fue.
Pero los recuerdos no funcionan así.
Se filtran. Aparecen cuando uno baja la guardia. Como ahora.
El rostro de Noah, expectante pero paciente, se desdibujó lentamente frente a sus ojos mientras su mente la arrastraba hacia atrás, muchos años atrás, a una casa pequeña que nunca se sintió como hogar.
Su padre siempre olía a alcohol rancio y a humo.
Desde que Denisse tenía memoria, él vivía con la mirada clavada en cualquier cosa que prometiera dinero rápido: cartas, apuestas clandestinas, carreras ilegales, números escritos en servilletas. No era un hombre violento en el sentido físico, pero su irresponsabilidad fue igual de destructiva.
Cada