Cabos sueltos
Denisse miró el reloj por tercera vez en menos de cinco minutos.
Las manecillas avanzaban con una lentitud casi ofensiva, como si el tiempo mismo disfrutara ponerla a prueba. Afuera, el cielo comenzaba a oscurecerse; el naranja del atardecer se diluía en tonos violáceos, anunciando una noche pesada, de esas que presionaban el pecho incluso antes de comenzar.
Noah llegaba tarde.
No era algo raro, lo sabía. Ambos tenían vidas agitadas, responsabilidades que no siempre podían acomoda