Cabos sueltos
Denisse miró el reloj por tercera vez en menos de cinco minutos.
Las manecillas avanzaban con una lentitud casi ofensiva, como si el tiempo mismo disfrutara ponerla a prueba. Afuera, el cielo comenzaba a oscurecerse; el naranja del atardecer se diluía en tonos violáceos, anunciando una noche pesada, de esas que presionaban el pecho incluso antes de comenzar.
Noah llegaba tarde.
No era algo raro, lo sabía. Ambos tenían vidas agitadas, responsabilidades que no siempre podían acomodarse a la perfección. Pero esa noche… esa noche en particular, la ansiedad de Denisse no tenía nada que ver con celos ni con inseguridades comunes. Era algo más profundo, más oscuro.
Algo estaba mal.
Fred estaba sentado frente a ella en la mesa de la cocina, haciendo la tarea con una concentración inusual. Demasiado silencioso para su gusto. El niño, normalmente curioso y parlanchín, apenas había dicho palabra desde que regresó de la escuela.
—¿Todo bien? —preguntó Denisse con suavidad, intentand