Noah llevaba más de una hora frente a la pantalla sin leer realmente nada.
Las cifras estaban ahí, los contratos, los correos urgentes, las notificaciones que se acumulaban una tras otra, pero su mente no lograba concentrarse. Se pasó una mano por el rostro y exhaló con pesadez. Sentía el cuerpo tenso, como si cada músculo estuviera en guardia constante desde hacía semanas.
La oficina, amplia y luminosa, le parecía ese día extrañamente opresiva.
Había dormido poco. Pensado demasiado.
Denisse.
Fred.
Su madre.
El golpe suave en la puerta lo sacó de su ensimismamiento.
—Adelante —dijo, sin levantar la vista.
El sonido de unos pasos elegantes cruzando la alfombra hizo que frunciera ligeramente el ceño. Reconocía ese ritmo. Se enderezó en la silla justo cuando la voz que menos esperaba escuchar resonó en el despacho.
—Vaya… pensé que al menos fingirías alegría al verme.
Noah alzó la mirada.
Margaret Winchester estaba de pie frente a él.
Por un instante, el tiempo pareció detenerse.
Vestía