Denisse salió del edificio con el abrigo bien cerrado, aunque la noche no era especialmente fría. El cielo estaba cubierto por nubes bajas que reflejaban las luces de la ciudad, dándole a todo un tono opaco, casi metálico. Caminó unos pasos por la acera, respirando hondo, intentando ordenar en su cabeza todo lo que había ocurrido durante el día.
La reunión con Francis había dejado un sabor amargo. No por el plan en sí —ese avanzaba como debía—, sino por la certeza de que alguien estaba acechando desde dentro. Alguien paciente. Alguien con recursos.
Y, por desgracia, Denisse tenía demasiada experiencia reconociendo ese tipo de amenazas.
Se detuvo un momento antes de cruzar la calle, revisó su teléfono y guardó el bolso bajo el brazo con gesto automático. Su mente estaba lejos, repasando mentalmente la lista de invitados para la fiesta, los nombres que debía observar con más cuidado, las posibles reacciones.
Fue entonces cuando dos hombres se colocaron frente a ella.
No la tocaron. No a