El viaje hacia Nueva York comenzó con una tensión tan densa que parecía materializarse en el aire.
El motor del automóvil rugía de manera constante, pero ningún sonido lograba disipar la incomodidad que se había instalado entre ellos. Las luces de la carretera se estiraban como líneas interminables que se deslizaban por el parabrisas, marcando el paso de los kilómetros, aunque para Denisse el tiempo parecía haberse detenido. Iba sentada en el asiento trasero, con la espalda rígida, los hombros