Dos años después.
El despertador sonó a las siete en punto, no con el estruendo de una sirena de emergencia, sino con una melodía suave de piano que llenó la habitación de una calma dorada.
Aurora gimió, intentando estirar una mano para apagarlo, pero se encontró atrapada por el brazo de Lorenzo que cruzaba su cintura, manteniéndola pegada a su cuerpo como si, incluso en sueños, su instinto le dictara que debía asegurarse de que ella seguía allí.
Eso, sumado al considerable volumen de su propi