Marco se deshizo del ramo marchito, pero el dulce rastro a muerte había quedado en la mansión, rondando como una amenaza latente.
Lorenzo no había dicho una sola palabra.
Para Aurora, ese silencio era mucho más aterrador que cualquier grito. Vio cómo los muros invisibles se alzaban alrededor de él. Volvía a ser el capo, el hombre frío y peligroso, capaz de mancharse las manos con sangre para proteger a los que ama.
—Cierra todo —le ordenó Lorenzo a Marco—. Que nadie entre. Y prepara el avión, l