El amanecer llegó con nubes grises cubriendo el cielo, presagiando una intensa tormenta.
Para cuando cayó la noche, la propiedad segura ya no era una fortaleza de piedra y cristal, sino un barco varado en medio de un océano de viento y agua.
Aurora se encontraba en la habitación de los niños, una isla de luz cálida rodeada por la furia de los elementos. La lluvia golpeaba los ventanales blindados, un recordatorio constante de que, afuera, el mundo era hostil.
Elisabetta, bendecida con la inocen