Lorenzo no soltó su mano. Su órden había sido un susurro pero también un reclamo. Aurora enlazó sus dedos con los de él y se dejó llevar escaleras arriba. El hombre de la mafia que negociaba con frialdad, aquél Capo peligroso que comenzaba a prepararse para una contienda inevitable que prometía ser violenta, se había quedado en el medio de aquella sala.
Quien la guiaba ahora por un corredor silencioso, era Lorenzo. El hombre que ella amaba y que había jurado protegerla.
El mundo exterior, con