Lena se apartó de Matteo como si su contacto quemara. La burbuja de deseo que los había envuelto segundos antes estalló, dejando paso a una realidad fría.
—Tengo que irme —dijo ella, con la voz temblorosa, metiendo el teléfono en su bolsa con movimientos torpes.
Matteo no se movió. Seguía apoyado contra el Ferrari, observándola con esa intensidad clínica que la hacía sentir desnuda. Ya no la miraba como a una mujer a la que quería llevar a la cama, sino como a un problema que necesitaba ser res