Si el infierno tenía un garaje, seguramente se parecía al lugar donde Matteo Vitale guardaba sus juguetes.
Lena se detuvo en el umbral, con la bolsa de herramientas colgada al hombro, intentando que su mandíbula no cayera hasta el suelo. Aquél lugar no era como los talleres viejos y sucios donde ella solía trabajar. Era ordenado y hasta lujoso.
Y los coches.
Había un Lamborghini negro mate, un Ferrari rojo sangre y, en el centro, lo que acaparó su mirada, estaba el cadáver destrozado del vehícu