La caja de rosas negras desapareció en manos de Dario segundos después, pero el hedor a amenaza se quedó impregnado en el aire del ático.
Matteo quedó inmóvil en el centro del salón, con los puños apretados a los costados, respirando con una lentitud controlada que era más aterradora que cualquier estallido de furia.
Se giró hacia Lena. Su rostro estaba pálido, tenso, sus ojos cafés convertidos en hielo oscuro.
—Prepara una maleta —dijo. No fue una sugerencia. Fue una orden militar.
Lena, que a