El silencio en la habitación se quebró de golpe con el rugido seco de los disparos. Aurora sintió cómo la sangre le bajaba al estómago, helándole las venas, mientras el corazón le martillaba con tanta fuerza que lo oía en los oídos.
Por un instante quedó inmóvil, clavada al piso, como si su cuerpo no le respondiera. Pero entonces giró la cabeza hacia la cama, donde Elisabetta se aferraba a su oso de peluche y Matteo, con la mandíbula apretada, contenía el miedo como si tratara de imitar a su p