El día de regresar a la ciudad llegó. Uno de los hombres de seguridad cargaba los bolsos en una de las camionetas. Aurora llevaba la mochila de Elisabetta pero, antes de ponerla en el asiento trasero, una mano firme se adelantó y la tomó.
Sus dedos rozaron los de Lorenzo en un contacto breve, casi accidental, aunque ninguno de los dos lo sintió como tal. Ella sostuvo su mirada un segundo más de lo prudente antes de apartarse y acomodar a los niños.
Lorenzo ocupó el lugar detrás del volante y a