El sonido de un motor acercándose a toda velocidad rompió el silencio sepulcral que había reinado en la villa durante las últimas horas.
Elisabetta, que había estado caminando de un lado a otro en el vestíbulo, se detuvo en seco. Su corazón, que había estado latiendo con un ritmo sordo y doloroso desde que Matteo se fue, se saltó un latido.
Corrió hacia la puerta, pero Marco, el jefe de seguridad que había envejecido junto a la familia, se interpuso en su camino con una suavidad firme.
—Es mejo