El portazo del despacho de Lorenzo resonó en la villa como el disparo de un cañón, marcando el final del juicio y el inicio de una paz que se sentía tan delgada como el hielo al final del invierno.
Aurora tomó el mando con una eficiencia silenciosa. No hubo discusiones. Con una mirada, ordenó a Matteo que ayudara a Nicolo a ponerse en pie y lo llevaran al ala de invitados, una zona de la casa que rara vez se usaba y que ahora se convertiría en enfermería y celda de lujo.
Elisabetta caminaba det