Matteo Vitale conducía hacia la frontera invisible que separaba la paz de Amalfi del territorio hostil de Nápoles. La lluvia había vuelto, una llovizna fina y molesta que obligaba a los limpiaparabrisas a marcar un ritmo hipnótico.
Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se habían puesto blancos. En el asiento del copiloto descansaba una pistola Sig Sauer, cargada y lista. No era la primera vez que portaba un arma, su padre se había asegurado de que supiera disparar ant