Aurora se quedó inmóvil en el umbral, con el corazón golpeándole el pecho al ver la pequeña silueta sentada en el borde de su cama. La lámpara del velador apenas dibujaba un halo cálido que envolvía a Matteo, como si su fragilidad necesitara resguardarse en la penumbra.
—¿Matteo? —repitió, esta vez más suave, temiendo que un suspiro brusco pudiera espantarlo.
El niño levantó la vista apenas. Sus manos jugaban entre sí, los dedos enredándose como si buscaran un refugio propio. No había lágrima