La puerta se abrió de golpe, y el instante suspendido entre Aurora y Lorenzo se desvaneció como humo.
—Aurora… —una vocecita somnolienta rompió el silencio.
Elisabetta apareció en el umbral, con su cabello revuelto cayéndole sobre los hombros y el pijama de ositos colgándole flojo. Se frotaba los ojos con el dorso de la mano, como si todavía no terminara de despertar.
—Matteo no está en su cama —murmuró, con un mohín preocupado.
Aurora respiró hondo, suavizando la sonrisa.
—No te asustes,