Clara no recordaba en qué momento exacto dejó de intentar obedecer a Evelyn y empezó a seguir únicamente la urgencia que le latía en las venas. Solo sabía que, desde que vio a esa mujer junto a ella en el pasillo —esa chica de rostro suave, mirada limpia y mano instintivamente apoyada en el vientre— algo había cambiado. La idea de “dar espacio” ya no era solo absurda: era un insulto. ¿Cómo iba a darle espacio a un hombre que claramente ya había llenado el vacío que ella intentaba conservar? ¿Có