El departamento de los Beaumont olía a vino caro y a desesperación. No esa desesperación evidente y ruidosa, sino la silenciosa, la que se esconde entre cristales impecables, sillones limpios y lámparas elegantes. Clara se había sentado en la mesa del comedor con los brazos cruzados, los nudillos tensos y una ansiedad que trataba—sin éxito—de disimular. Frente a ella, sus padres la evaluaban como si fuera una inversión en riesgo.
Su madre fue la primera en hablar, con ese tono suave que siempre