El avión aterrizó con suavidad, pero el corazón de Marcus no.
Mientras el tren de aterrizaje rozaba el asfalto húmedo de Nueva York, sintió como si cada centímetro de esa pista lo empujara de vuelta a la realidad que había intentado dejar atrás.
El Caribe había sido un paréntesis, un espejismo cálido entre la tormenta. Ahora, el aire era más gris, el cielo más bajo, y el peso en su pecho más real.
Laila seguía a su lado, pálida pero serena.
Durante los últimos dos días, Marcus había estado p