El cielo de la tarde parecía pintado con lápices de colores gastados. En el penthouse, la luz entraba blanda y dibujaba sombras de líneas suaves sobre la mesa del comedor, que esa noche no era mesa: era taller de artes, aula improvisada, escenario de una gesta escolar. Melissa, con el cabello agarrado en una coleta que nunca estaba del todo quieta, cortaba cartulinas verdes en forma de hojas. A un lado, Laila pegaba con cola blanca unas ranitas recortadas que tenían sonrisas de tinta. Marcus so