El martes amaneció nítido, con un sol tímido que se deslizaba por los ventanales del penthouse como si no quisiera molestar. Marcus estaba de pie antes de las seis, en mangas de camisa, revisando una presentación que necesitaba cerrar a media mañana. El café humeaba al lado del teclado, olvidado. Melissa, en pijama, inventaba canciones con las sílabas que le gustaban de una palabra nueva: “hipopótamo”. Laila llegó a las siete en punto con el mismo saludo que ya se había vuelto hábito: “buenos d