El picaporte seguía frío bajo la mano de Laila. Su respiración era corta, contenida, como si su cuerpo quisiera moverse pero su mente aún buscara permiso. El aire del penthouse se había detenido. Marcus la miraba desde la sala, inmóvil, con los ojos clavados en su espalda. No había gritado, no había intentado detenerla antes. Pero cuando la vio dar ese paso hacia la puerta, cuando entendió que se iría de verdad, algo dentro de él se quebró con un ruido seco, invisible.
—Laila… no te vayas.
Su v