Hacía cinco días que Lysandra no veía al señor Kael.
Cinco días que parecían más largos de lo que deberían, aunque ella se esforzara en convencerse de que no significaban nada. Se había refugiado en la rutina: levantar a Nyra temprano, ayudarla a vestirse, acompañarla a la escuela, esperarla a la salida. Revisar tareas. Jugar en el jardín. Leerle cuentos antes de dormir.
Era fácil concentrarse en Nyra. La niña llenaba los silencios, la entretenía entre tantas preguntas sin respuestas que la ace