Hacía cinco días que Lysandra no veía al señor Kael.
Cinco días que parecían más largos de lo que deberían, aunque ella se esforzara en convencerse de que no significaban nada. Se había refugiado en la rutina: levantar a Nyra temprano, ayudarla a vestirse, acompañarla a la escuela, esperarla a la salida. Revisar tareas. Jugar en el jardín. Leerle cuentos antes de dormir.
Era fácil concentrarse en Nyra. La niña llenaba los silencios, la entretenía entre tantas preguntas sin respuestas que la acechaban.
Pero esa mañana, algo había cambiado.
Nyra caminaba más despacio que de costumbre, con la mochila colgándole de un hombro y la mirada baja. No hablaba. No hacía preguntas. No corría hacia la entrada de la escuela como solía hacerlo.
—¿Todo está bien, pequeña? —preguntó Lysandra con suavidad, agachándose frente a ella.
Nyra dudó. Apretó los labios. Negó con la cabeza.
Lysandra esperó. Había aprendido que no debía apurarla.
—Hoy… no quiero entrar —susurró al fin.
Lysandra sintió un nudo en