Mundo ficciónIniciar sesiónLa mansión Ardenne estaba en silencio, y aun así en tensión constante.
Un silencio pesado, falso, de esos que se construyen a base de secretos, alfombras demasiado caras, y cuadros de antepasados pomposos.
Cuando el timbre sonó, Lilian Ardenne se sobresaltó, llevándose una mano al pecho antes de recomponerse.
—¿Quién puede ser a esta hora? —murmuró.
Daniel Ardenne dejó el vaso de whisky sobre la mesa con gesto molesto y a la vez intimidante.
—No abras sin preguntar.
Pero ya era tarde.
Dos hombres con trajes oscuros y credenciales visibles se encontraban del otro lado de la puerta.
—Policía —dijo uno de ellos—. Necesitamos hacerles unas preguntas.
Lilian palideció.
Daniel forzó una sonrisa ensayada y los hizo pasar.
—Por supuesto. Adelante, oficiales. No tenemos nada que ocultar.
Se sentaron en el salón principal, bajo el enorme retrato familiar donde Lysandra aparecía rígida, casi invisible entre sus padres y su hermano mayor.
—Venimos por el caso de Damian Kovak —dijo el detective más joven—. Fue reportado muerto esta madrugada, en un caso de lo que parece ser defensa propia; se adentró en una comunidad ajena a amenazar a los lugareños.
Lilian soltó un grito ahogado.
—¿Muerto? —preguntó, llevándose una mano a la boca—. ¡Eso es imposible!
Daniel se inclinó hacia adelante.
—¿Qué tiene que ver esto con nosotros?
—Existen vínculos recientes entre la señorita Lysandra Ardenne y ciertas personas bajo investigación —explicó el detective—. Queremos saber si conocen su paradero, si pueden darnos datos sobre lo que sucedió.
El rostro de Daniel se endureció.
—No sabemos nada de nuestra hija —respondió—. Desapareció hace días.
—¿No la han visto? —insistió el policía.
—No —intervino Lilian—. Se fue por… razones personales. Fue un momento difícil, estaba inestable. Ustedes saben, tener una hija enferma en la familia no es fácil... es vergonzoso, la gente comenta...
El detective tomó nota.
—Aún no la hemos interrogado —continuó—, pero sepan que no estamos obligados a revelar la ubicación de una mujer adulta, si es que desean saber dónde está.
Daniel golpeó la mesa con la palma.
—¡Es nuestra hija!
—Y también una ciudadana con derechos —respondió el oficial con firmeza—. Además, existen indicios de que el señor Kovak era violento con ella. Eso está siendo investigado.
Lilian negó con la cabeza, casi ofendida.
—Eso es imposible —dijo—. Damian era un encanto con nosotros. Siempre atento, educado… una familia respetable, mi hija no lo merecía…
Daniel asintió con fuerza.
—Mi hija siempre tuvo problemas —añadió—. Exagera, miente. No sabe lo que dice. Los Kovak son una familia como la nuestra, de bien.
Los detectives intercambiaron una mirada rápida.
—¿A qué se dedica usted, señor Ardenne? —preguntó uno de ellos, recorriendo la sala con la vista.
Daniel sonrió, incómodo.
—Estoy retirado. Importaciones y exportaciones… ya sabe. Negocios. Ahora solo esperaba el casamiento de mi hija, tal vez se hubiesen reactivado algunas relaciones comerciales dormidas, era algo probable. No entiendo qué salió mal.
El silencio volvió a instalarse.
—No tenemos más preguntas por ahora —dijo finalmente el detective—. Si necesitamos algo más, regresaremos.
Se pusieron de pie.
Cuando caminaban hacia la salida, la puerta se abrió de golpe.
Leon Ardenne entró tambaleándose, con olor a alcohol y barro. Su ropa estaba manchada, el cabello revuelto, y traía aún los comprobantes de unas apuestas que había hecho, algo típico en él y la familia Ardenne.
—¿Qué carajo pasa acá? —gruñó.
—Leon… —Lilian corrió hacia él—. Perdónenlo, oficiales, es joven…
Leon la empujó sin mirarla.
Lilian cayó al suelo.
Nadie la ayudó.
—¿La policía? —Leon rió—. ¿Por ella, no?
Los oficiales se tensaron.
—Venimos por el tema de su hermana.
Leon se acercó demasiado.
—Entonces díganme dónde está —exigió—. Mi familia se va a encargar de castigarla como corresponde.
Uno de los policías lo empujó contra la pared.
—Comportate —le dijo—. No te debemos ninguna explicación.
Leon escupió al suelo y los miró con asco, conteniéndose.
Los policías se retiraron sin mirar atrás.
Cuando la puerta se cerró, el verdadero infierno comenzó.
—¡Mirá lo que hiciste! —gritó Lilian desde el piso—. ¡Nos estás hundiendo!
Leon se rió, sirviéndose un trago.
—Ella nos hundió —respondió—. Siempre fue una carga, ni siquiera les sirvio para volver a recuperar el apellido que perdimos.
Daniel se dejó caer en el sillón, pálido.
—La familia Kovak no va a perdonar esto —murmuró—. Perdimos la fortuna… y ahora también la alianza.
Lilian empezó a llorar.
—Ese matrimonio era nuestra salvación —sollozó—. Todo estaba arreglado. Todo. La boda iba a ser la más grande que las familias de alto nivel hayan visto.
Leon golpeó la mesa.
—La voy a encontrar.
Daniel levantó la mirada, con miedo real por primera vez.
—No entendés, Leon… si los Kovak creen que ella habló… nos van a destruir.
El silencio se llenó de terror.
Y en el centro de todo, el nombre de Lysandra.
La hija que ya no podían controlar.
La que, sin saberlo, había dinamitado el último pilar de su mundo.
Una vez más su familia iría por ella.
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La estación de policía olía a café viejo y papeles húmedos. Era la representación de jornadas de trabajo extenuantes que abrirían una oportunidad para hombres como él.
—Eso será fácil... —exclamó en un susurro.
Daniel Ardenne caminó por el pasillo con el cuello rígido y el abrigo perfectamente acomodado, como si aún fuera el hombre poderoso que alguna vez había sido. Nadie debía notar el temblor en sus manos, las pequeñas dudas que tenía sobre lo que iba a intentar hacer.
—Vengo a hacer una consulta —dijo con voz firme en recepción—. Un asunto familiar.
El oficial levantó la vista apenas.
—Tome asiento. Espere su turno.
Daniel observó alrededor. Oficinas descuidadas. Uniformes gastados. Su labio se curvó con desprecio.
Todos tienen un precio, pensó.
No tardó en identificar al indicado: un suboficial joven, mal afeitado, con ojeras profundas y una ansiedad evidente cada vez que miraba su teléfono.
Daniel esperó el momento justo.
Cuando el hombre salió al pasillo para fumar, Daniel lo siguió.
—Oficial —dijo en voz baja—. Tal vez pueda ayudarme… y yo podría ayudarlo a usted.
El suboficial lo miró con recelo.
—No sé de qué habla.
Daniel sacó su billetera con calma. Dejó ver, apenas un segundo, el interior repleto. Una cantidad de dinero que había sustraído de la habitación de su hijo Leon, de todos modos lo perdería en apuestas seguramente.
—Estoy buscando a mi hija, Lysandra Ardenne —continuó—. Sé que la policía tiene información que no quiere compartir conmigo.
El hombre tragó saliva.
—Eso no puedo…
Daniel deslizó discretamente un fajo de billetes dentro del bolsillo del uniforme.
—Esto es solo por escuchar —susurró—. Nadie tiene que enterarse.
El suboficial miró a ambos lados del pasillo. Nadie prestaba atención. Y aunque sabía que no debía, pensó que ese intercambio no le hacía mal a nadie; era un padre buscando a su hija, después de todo.
—Espere acá —murmuró.
Desapareció unos minutos.
Cuando volvió, su expresión había cambiado.
—No hay un domicilio exacto —dijo—. Pero… hubo un registro. Una cámara. Y algunas declaraciones de los lugareños.
Daniel contuvo la respiración.
—¿Dónde?
—Una zona privada —respondió—. Territorios cerrados. Muy al norte. No figura como residencia común, son territorios privados.
Daniel frunció el ceño.
—¿Quién vive ahí?
El suboficial dudó.
—Una comunidad… poderosa. Muy hermética. Seguridad privada, médicos propios, escuelas internas. El apellido que figura en el ingreso es Voryn.
El nombre cayó como un golpe seco.
El Sr. Ardenne repreguntó, mientras el oficial palideció.
—¿Voryn? —repitió—. ¿Está seguro?
—Completamente. Desde que entró allí no hay registros públicos que la sitúen en otro lugar; mi sospecha es que sigue ahí.
Daniel apretó los dientes.
—¿La policía piensa ir a tomarles declaración?
El suboficial negó lentamente.
—Según el archivo, está programada una declaración de parte de su hija, pero el caso se encuentra casi cerrado; se desalienta molestar por demás a esa comunidad.
Daniel dio un paso atrás.
—¿Está… protegida?
El suboficial lo miró con algo parecido al miedo.
—Más que protegida. Es como si… fuese intocable.
Daniel se acomodó el abrigo, recuperando su máscara.
—No hablamos de esto —dijo.
—Nunca —respondió el otro.
Daniel salió de la estación con el pulso acelerado.
El nombre Voryn retumbaba en su cabeza.
No sabía exactamente quiénes eran…
Lysandra ya no estaba indefensa, pero eso de intocable estaba por verse.
Si quería quedársela, tendrían que pactar un precio con él.







