La mañana había empezado tranquila.
Lysandra ajustó el abrigo de Nyra antes de subir al auto y sonrió al verla acomodarse el cinturón con torpeza infantil.
—Ya estás grande —bromeó—. Dentro de poco vas a querer ir sola y no vas a necesitarme más.
Nyra frunció la nariz.
—Todavía no —respondió—. Me gusta que me lleves tú.
Kiki observaba la escena desde la puerta, con los brazos cruzados.
—No es necesario que me acompañes todos los días —dijo Lysandra con suavidad—. Ya me siento mejor… y segura.
Miró de reojo al chofer.
Manuel estaba junto al vehículo, inmóvil como una torre. Era enorme, ancho de hombros, de esos hombres que parecían ocupar más espacio del que necesitaban. Su sola presencia imponía respeto.
—Además —añadió Lysandra—, Manuel siempre nos cuida mucho.
Kiki sonrió; estaba tranquila con eso.
—Ya veremos... unos días más hasta que conozcas mejor el territorio —dijo, antes de subir al asiento delantero—. Además,, ya sabes que yo solo sigo órdenes.
El auto avanzó por el sendero