La mañana había empezado tranquila.
Lysandra ajustó el abrigo de Nyra antes de subir al auto y sonrió al verla acomodarse el cinturón con torpeza infantil.
—Ya estás grande —bromeó—. Dentro de poco vas a querer ir sola y no vas a necesitarme más.
Nyra frunció la nariz.
—Todavía no —respondió—. Me gusta que me lleves tú.
Kiki observaba la escena desde la puerta, con los brazos cruzados.
—No es necesario que me acompañes todos los días —dijo Lysandra con suavidad—. Ya me siento mejor… y segura.
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