Cuando Talia llegó a la Manada de Hierro, todo era nuevo para ella: los senderos marcados con antorchas, las miradas curiosas, el murmullo constante de jerarquías y alianzas que apenas comprendía. Venía de un territorio pequeño, sin grandes títulos ni intrigas. Aquí, en cambio, cada gesto parecía tener peso político. Había encontrado un trabajo modesto en el mercado de frutas, era trabajadora, pero en el fondo quería mucho más que eso.Estaba cansada de ser parte del escalon más bajo.
Una tarde,