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La niebla era espesa, antinatural.

No pertenecía a ese bosque, y sin embargo obedecía al lobo que lo atravesaba.

Kael avanzaba en su forma salvaje, el pelaje blanco manchado de barro y sangre seca, los ojos oscuros, vacíos de humanidad. Cada paso lo acercaba más a ese lugar que su instinto reconocía aunque su mente no pudiera nombrar. Hacía meses que recorría ese lugar y no podía dejar de hacerlo; él sentía que algo de allí lo llamaba.

Entonces, el aire cambió, no estaba solo.

—Kael…

La voz lo
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