El día libre había llegado casi sin avisar.
Lysandra se miró en el pequeño espejo de su habitación y por un instante no se reconoció. Llevaba un vestido blanco, liviano, cubierto de pequeñas flores bordadas en tonos suaves. No era ostentoso, pero había algo en él que la hacía sentir… distinta. Más liviana. Más viva.
Por primera vez desde que había llegado al Santuario, no sentía urgencia. No tenía que curar heridas, ni mediar conflictos, ni sostener a nadie que estuviera cayéndose a pedazos.
Es