El despacho parecía haberse encogido, convirtiéndose en el lugar más incómodo del planeta.
Kael permanecía de pie frente al escritorio, los hombros tensos, mientras Iris giraba lentamente la copa de whisky entre los dedos, como si el tema que acababa de soltar no fuera una bomba.
—Estoy aquí porque tienes prisionero a Marcus —dijo al fin, con absoluta calma—. Y ese hombre estuvo viviendo en la Manada del Sol. Es, nos guste o no, un ciudadano de ese territorio, además del padre biológico de la niña que llamas hija.
El silencio se volvió denso.
Kael dejó escapar una risa breve, carente de humor.
—¿Es una broma? —preguntó—. Ese hombre intentó matar a mi esposa y a mi hermana. Averió el auto en el que viajaban. Eleonora murió. Clara murió. —Su voz se volvió más baja, más peligrosa—. Será juzgado aquí. En mi territorio.
Iris apoyó la copa en el escritorio y se enderezó.
—No puedes hacerlo —replicó—. El Alfa Nathaniel exige que Marcus sea entregado. Sus crímenes, si es que fueron cometidos,