Lysandra se quedó unos segundos observando el caos organizado de la cocina antes de animarse a hablar; sabía que en ese momento ese no era su lugar.
—Yasmin… —dijo con suavidad— ¿Puedo ayudar en algo?
La mujer mayor levantó la vista, sorprendida. Sus ojos la recorrieron con una mezcla de cansancio y afecto sincero. Luego negó despacio.
—No, hija. Ya bastante hiciste ofreciendo —respondió, con una sonrisa cálida—. Esto es asunto de ollas y egos ajenos. Tú ve tranquila,descansa.
Lysandra asintió,